La bailarina llega al Teatro de La Abadía con Morphine (Nana para Emmy Hennings), una obra junto a Inés Bacán (cante) y Xabier Erkizia (sonido) que bucea en el término de “Cuerpo último” y mantiene una profunda relación entre la danza contemporánea y el flamenco
Una entrevista de Gabriel Pérez de Castro.

Morphine (Nana para Emmy Hennings) se plantea como una sesión de espiritismo y una invocación en escena. La pieza bebe de la figura de Emmy Hennings, cuya vida y obra transitan entre la oración y el sacrilegio, la devoción y la iconoclastia, la revelación mística y la adicción. Desde ese territorio ambiguo, la obra no afirma ni representa, sino que se inserta en un mundo donde los muertos no están muertos y donde el cuerpo se convierte en el principal vehículo de sentido.
En escena conviven elementos rituales de Andalucía, el flamenco de Lebrija encarnado en el cante de Inés Bacán, referencias de la cultura religiosa popular mediterránea y fragmentos de la memoria familiar de Luz Arcas. Todo ello se articula desde el concepto coreográfico de Cuerpo último, un cuerpo atravesado por energías fuera de sí, vinculado al trance y al animismo de una cultura cristiana marginal, doméstica y anarquista. Morphine se configura así como un acto de presencia radical y una forma de habitar el espacio-tiempo desde la vulnerabilidad, la potencia y la resistencia a lo que llamamos realidad.
Pregunta: Vuelves a La Abadía con Morphine (Nana para Emmy Hennings) después de El ciclo de los milagros ¿qué semejanzas y qué diferencias encuentras entre ambas obras?
Luz Arcas: Bueno, de entrada, tengo que decir que son piezas que hago en solitario, en el sentido de que soy la única bailarina, la única intérprete, aunque me acompañen músicos en escena, y que, de alguna manera, son piezas que encarnan mi visión del cuerpo y de la escena de una manera muy radical, muy total. Es decir, puedo desarrollar mucho mi visión del cuerpo precisamente por esa soledad y por esa intimidad del proceso creativo.
P: En esta obra no estás sola. Está la voz de Inés Bacán, también la música de Xavier Erkizia y tú en la danza. ¿Cómo se articula ese lenguaje entre vosotros tres?
L: Bueno, también, entre las semejanzas que comentaba antes, podría decir que El ciclo de los milagros trabaja a partir de un concepto que llamo el cuerpo jondo, que está todo el rato en comunicación con la información física que me da mi tierra como lugar de origen y está puesto a la búsqueda a través del flamenco y otros ritos locales de Andalucía. En Morphine, desarrollo otra pauta coreográfica que se llama el cuerpo último, que traigo de las espiritistas históricas, en concreto de Agustina González, y siento, de alguna manera, que es una consecuencia natural de El ciclo de los milagros. O sea, si El ciclo de los milagros trabaja el cuerpo hacia adentro, hacia la tierra, hacia las vísceras, hacia la materia, hacia el instinto, el cuerpo último se dispara hacia afuera, capta de las afueras, pero siento que es una continuación, que sin el cuerpo jondo no hubiese podido llegar a este cuerpo.
Y, sobre el trabajo con Xavier Erkizia, ha sido muy definitivo para las obras. Siento que pasa en todas mis piezas, la verdad, y aquí igual, que vamos un poco más lejos. Creo que el sonido, que el paisaje sonoro asume una gran parte de la dramaturgia y de los conceptos, que son fundamentales para la comprensión de la obra en un nivel no solo racional, sino también intuitivo, hemisférico, de otro tipo, y para eso hemos trabajado mano a mano.
El cante de Inés Bacán también ha sido definitivo, porque siento que ella en sí misma, en su relación con el flamenco de Lebrija y con su historia familiar, tiene muchos puntos de encuentro con temas que son troncales en la pieza.

P: En este montaje estás muy vinculada a la lectura de Emmy Hennings. ¿Qué te atrae de esta figura y cómo se vincula con el espectáculo?
L: De alguna manera, en mi génesis apareció como propuesta por Pedro Guerrero, que me echó un cable en toda la parte dramatúrgica de la pieza. Me interesan muchísimas cosas de ella, pero, en concreto, lo que más me marcó fue la lectura de El estigma, una novela en la que, para mí, conviven de una manera muy intensa, muy interesante y muy verdadera lo sagrado y lo impuro. Ella fue prostituta, morfinómana, pasó por la cárcel, vivió en la miseria y tenía iluminaciones cristianas y un sentimiento de compasión muy salvaje. Toda esa mística que viene también de la miseria y de una experiencia de la vida muy real, muy carnal, muy directa, me interesa muchísimo.
P: En tus espectáculos hay muchas referencias a Andalucía, al Mediterráneo y a lo familiar. ¿Cómo vas insertando estas referencias dentro del espectáculo y cómo surgen esas ideas para incorporarlas a la danza?
A: Soy una bailarina de danza contemporánea, pero siempre me he sentido muy desubicada en el estilo canónico y convencional de la danza contemporánea. Entonces he tenido que buscar, de alguna manera, de dónde venía mi fisicidad, el impulso del movimiento, de la dinámica y del gesto. Me puse a investigar en toda mi memoria personal y colectiva, como Andalucía, dialogando con muchas expresiones artísticas, culturales y domésticas que suceden allí, con las que de repente me siento identificada de una manera formal y, evidentemente, también en cuanto al fondo. Todo eso se va decantando y van apareciendo elementos que se quedan en la obra porque sí, porque tienen que estar, porque acaban quedándose casi de una manera muy orgánica. Voy abordando referencias, unas salen y otras entran en la obra y, al final, de repente ves la pieza y te sorprende cómo ha sido el recorrido, en el sentido de que todo sucede de manera muy natural.
P: También has hablado del baile como un milagro doméstico y de la danza casi como un proceso de domesticación. ¿Cómo dialogan ambas dimensiones dentro de tu trabajo?
L: Sí, es cierto que cada vez me interesa más el estado del baile, que siento que tiene que ver con algo que atraviesa el cuerpo más que con algo a lo que se aspira. En ese sentido, es milagroso porque no se representa, no se imita y no se entrena, sino que sucede. Evidentemente, vengo de la danza, he estudiado danza y he pasado por ese proceso, que me parece fundamental y muy importante en cualquier recorrido, pero mi búsqueda ahora mismo va hacia otro tipo de visión del cuerpo, un cuerpo que suele estar condenado a idealizaciones, ya sean publicitarias, dancísticas o académicas. A mí me interesa una danza o un baile que desproteja el cuerpo más de lo que le ofrece carcasas distintas.
P: Por último, ¿cómo dialoga este espectáculo, Morphine, con tu recorrido en general y qué se va a encontrar el público que venga a La Abadía?
L: Siento que es una pieza distinta. Evidentemente, El ciclo de los milagros son tres piezas que abordan conceptos similares, aunque sean obras diferentes, y aquí hay una continuación, por lo que existe un diálogo, sobre todo con El ciclo de los milagros, pero que se dirige hacia otro lugar. En mi trabajo siempre presto mucha atención a estados que tienen que ver con el trance, el éxtasis y la pérdida de voluntad. Me han interesado mucho los cuerpos fuera de sí, conectados con otras energías inclasificables, indescifrables e indescriptibles, que suspenden la voluntad, suspenden el yo y ofrecen dinámicas que me parecen muy bellas, porque también me parecen muy vulnerables y muy potentes a la vez. En esta obra creo que ahondo más en esa tendencia, que ya estaba de forma bastante evidente en Tierra rara, mi última pieza, y que atraviesa todas mis obras. Creo que voy un poco más allá y desde una textura nueva en ese tipo de dinámicas que siempre me han interesado y que siempre he trabajado.












