Hablamos con la dramaturga sobre el proceso de escritura a propósito del curso que imparte en La Abadía esta temporada 2025-26
Una entrevista de Gabriel Pérez de Castro
La dramaturga, Premio Nacional de Literatura Dramática 2024, dirige en La Abadía el curso de escritura teatral ‘Cerrado por obras: acompañamiento dramatúrgico de obras para la escena‘ donde lo colectivo y la escucha se vuelven herramientas creativas. Un espacio para detener el ritmo, compartir dudas, ensayar otras formas de contar y entender la escritura como un lugar común, más que como un acto solitario. Hablamos con ella precisamente sobre el proceso de escribir
Pregunta: Este curso nace de la idea de “robarle tiempo a la vida” para crear. ¿Qué implica para ti ese gesto?
María Velasco: Hoy en día tanto la escritura como la lectura plantea el desafío de robarle tiempo a esta especie de precepto del rendimiento que todos y todas tenemos. Es casi como un tiempo de ascetismo robado al tiempo de vivir. Cuando un grupo nos congrega, cuando estamos interpelados por lo colectivo, por reunirnos cada semana con quienes están en lo mismo, eso facilita esta gimnasia en la escritura, que a veces en solitario es más complicado ejercer.
P: Has dicho que no hace falta un cuarto propio para escribir. Entonces, ¿qué sí es necesario?
R: Una escritora chicana rebate la idea de Virginia Woolf de que necesitamos un cuarto propio para escribir. Defiende que podemos escribir tanto en la cocina como en la cola del INEM, como haciendo cualquier otra actividad donde podamos y como podamos. Lo bueno del teatro es que siempre es una escritura a medio camino entre lo solitario y lo colectivo. Aquí esa idea está desde el inicio, no llega a posteriori.
P: ¿Cómo defines tu papel en el curso? ¿Qué significa acompañar sin dirigir?
R: Mi papel es acompañar, poner mi saber y mi experiencia al servicio del otro, de la otra, al servicio de lo que ellos sueñan de su proyecto, no de lo que yo sueño. La idea es colaborar con aquello que el autor o la autora desean de su obra.
“Lo bueno del teatro es que siempre es una escritura a medio camino entre lo solitario y lo colectivo”
P: En el curso mencionas la “Bolsa de Ficción”. ¿Qué es y cómo opera en la práctica?
R: Traigo materiales y referentes que me han resultado motivadores. Uno de ellos es Úrsula K. Le Guin y su teoría de “La Bolsa de Ficción”. Plantea generar un relato alternativo al mayoritario, ese relato del héroe basado en el conflicto y la progresión lineal. Propone ser recolectores de historias, recolectoras de experiencias y probar formas de contar que no estén tan basadas en la tensión.
P: Hablas del espectador como “coproductor de sentido”. ¿Por qué?
R: Tratamos de no identificar al espectador con la audiencia, porque la audiencia es un concepto mercantilista y peligroso. La obra siempre es polisémica y acaba de definirse por lo que cada espectador pone en su imaginario. Todas somos espectadoras aquí también.
P: Decías que la obra a veces “te niega” y que escribir es como “enamorarse de alguien que no te quiere”. ¿Cómo se sobrevive al proceso?
R: Hay una definición hermosa del escritor que dice que es aquel que tiene más dificultades para escribir que cualquier persona normal. Sufrimos bloqueos y soledad, y por eso son maravillosos estos talleres: no solo por lo que plantea quien coordina, sino por el grupo como punto de encuentro. Compartir dificultades vuelve la escritura más amable. Las frustraciones no son individuales; cualquiera en este oficio las sufre y, finalmente, en una especie de masoquismo, las goza.
P: El otro día comentabas que contar también es escuchar. ¿Qué has escuchado tú aquí?
R: Un taller siempre tiene algo de espejo. Aquí hay una polifonía muy valiosa, gente de procedencias diversas. Eso invita cada día a cuestionar la metodología, a cuestionarme como pedagoga y como autora. Uno de los aspectos más maravillosos tiene que ver con el contagio, con el devenir y la contaminación positiva del universo de las otras personas.
P: Para terminar, tu palabra favorita.
R: Hoy voy a decir poesía. La mejor prosa tiene que aspirar siempre a la poesía. Me gusta la poesía como desafío al poder, como saber alucinatorio que cuestiona las apariencias.












