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La Abadía celebra contigo el Día Mundial del Teatro

El Teatro de La Abadía se suma al Día Mundial del Teatro con la lectura del Manifiesto del dramaturgo noruego Jon Fosse

Este miércoles 27 de marzo se celebra el Día Mundial del Teatro, una iniciativa impulsada por el Instituto Internacional del Teatro (ITI). El Teatro de La Abadía se suma a este día tan especial para nosotras y nosotros y queremos compartir no solo la magia que se crea sobre el escenario, sino también todo lo que acontece en este espacio más allá de las representaciones teatrales. Acción, Emoción, Poesía y Pensamiento son los pilares que nos definen y se materializan en nuestros cursos y talleres de formación escénica y teatral, en nuestro proyecto de mediación artística y social ‘La Abadía cruza la calle‘, en las obras que nos acompañan temporada tras temporada, en las experiencias del oficio actoral, en los versos que resuenan en el ciclo Poetas en La Abadía y en la reflexión a la que invitamos en nuestro ciclo El Faro de La Abadía. ¡Juntas y juntos hacemos La Abadía!

Asimismo, nos unimos a uno de los actos más importantes de la celebración es la circulación de Mensaje del Día Mundial del Teatro, donde figuras de renombre internacional son invitadas por el ITI para compartir sus pensamientos sobre el teatro y la cultura de paz, y que este año ha corrido a cargo del dramaturgo Jon Fosse, quien hace un alegato a favor de la paz a través del arte. En el Teatro de La Abadía serán José Sacristán y Ana Marzoa quienes pongan voz a las palabras del dramaturgo noruego al finalizar la función de La colección.

Discurso de Jon Fosse por el Día Mundial del Teatro

Cada persona es única y, al mismo tiempo, como todas las demás. La apariencia se puede ver, es cierto, pero también hay algo dentro de cada persona que le pertenece, que la hace única. Podemos llamarlo alma o espíritu, o bien, podríamos no ponerle palabras, simplemente dejar que esté ahí.

Al mismo tiempo que somos diferentes, también somos iguales. Las personas de todo el mundo somos fundamentalmente iguales, sin importar qué lengua hablemos, qué color de piel o de cabello tengamos.

Quizás esto sea una especie de paradoja: que somos completamente iguales y diferentes al mismo tiempo. Tal vez una persona es paradójica en su conexión entre el cuerpo y el espíritu, entre lo terrenal y tangible y lo que trasciende los límites materiales y terrenales.

El arte, el buen arte, consigue a su manera y de forma fabulosa reunir lo absolutamente único con lo universal. Nos permite entender la diferencia entre lo extraño y lo universal. Al hacerlo, el arte trasciende las fronteras de los lenguajes y los límites geográficos. Reúne, no solo las cualidades individuales, sino también las características de un grupo de personas, por ejemplo, las naciones.

El arte no se expresa provocando que todo sea igual, por el contrario, nos muestra nuestras diferencias, aquello que es ajeno o extraño. Todo buen arte contiene precisamente eso: algo extraño, algo que no podemos comprender completamente y que, sin embargo, entendemos de cierto modo. Contiene lo enigmático, algo que nos fascina y, por lo tanto, nos lleva más allá de nuestros límites y así crea la trascendencia que todo arte debe contener y a la cual conducirnos.

No se me ocurre una mejor manera de unir los opuestos. Es exactamente el enfoque inverso al de los conflictos violentos que vemos a menudo en el mundo, que alimentan la tentación destructiva de aniquilar todo lo extraño, todo lo único y diferente, comúnmente utilizando los inventos más inhumanos que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. Hay terrorismo en este mundo. Hay guerra, puesto que la gente tiene un lado animal que lo lleva a ver lo extraño como una amenaza a su propia existencia, en lugar de ver el fascinante enigma que eso representa.

Y entonces lo único, lo diferente que es universalmente comprensible, desaparece. Dejando atrás una semejanza colectiva donde todo lo diferente es una amenaza que debe ser erradicada. Lo que vemos desde fuera, se ve como desigualdad; por ejemplo, las religiones o ideologías políticas se convierten en algo que debe ser derrotado y destruido.

La guerra es la batalla contra lo que yace en lo más profundo de cada uno de nosotros: lo único. Y es una batalla contra todo arte, contra la esencia más íntima de todo arte.

He hablado del arte en general, no del arte teatral en particular, esto se debe a que todo buen arte, en el fondo, gira en torno a lo mismo: tomar lo singular y específico para hacerlo universal. Articula en su expresión artística aquello único con lo universal: no eliminando lo singular, sino enfatizándolo; dejando que lo extraño y lo desconocido brille claramente.

Es tan simple como que la guerra y el arte son opuestos, que la guerra y la paz son opuestos. El arte es paz.

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