La Dramática Errante llega al Teatro de La Abadía con Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán, una obra creada por María Goiricelaya y Ane Pikaza que indaga en el “buen morir” y en la conciencia de nuestra propia finitud, entrelazando dramaturgia textual y visual a través del Camino de Santiago
Una entrevista de Gabriel Pérez de Castro.
Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán se plantea como un acto de acompañamiento y una invocación a la vida desde la conciencia de la muerte. La pieza bebe de experiencias íntimas de duelo y enfermedad, pero también de una reflexión profunda sobre el “buen morir” y la necesidad de reconciliarnos con nuestra propia finitud. Desde ese territorio liminal (entre la despedida y la celebración, entre el dolor y la luz) la obra no representa la muerte, sino que se adentra en un espacio donde la vida y el final conviven, donde el tránsito se convierte en un lugar de sentido y donde el cuerpo que camina es el principal vehículo de presencia.
En escena conviven imágenes documentales del Camino de Santiago, la ritualidad cotidiana de los peregrinos, fragmentos de memoria personal y una dramaturgia visual que transforma el espacio en un territorio de tránsito. Todo ello se articula desde la idea del Camino como metáfora vital: un cuerpo en movimiento constante, atravesado por energías que lo superan, vinculado al duelo, al acompañamiento y a la búsqueda de un sentido común frente a la muerte. Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán se configura así como un acto de presencia radical, una forma de habitar el espacio‑tiempo desde la vulnerabilidad, la lucidez y la resistencia a una sociedad que oculta la muerte, pero que necesita volver a mirarla para comprender mejor cómo vivir.
Pregunta: En 2019 estuvo a punto de aprobarse la Ley estatal de Cuidados Paliativos, pero al final no prosperó. ¿Cómo influye esa ausencia de una norma común en la concepción y en el desarrollo de la obra?
María Goiricelaya: En realidad, no sé si esa ausencia influye en el desarrollo de la obra o si, de algún modo, la propia obra busca reivindicarla y poner el foco en ella. En 2019, el proyecto de ley se paraliza y, en marzo de 2021, se aprueba finalmente la Ley de la Eutanasia. De alguna forma se ha avanzado, se ha dado un paso, pero la eutanasia y los cuidados paliativos son dos cuestiones distintas. Así, la parte relativa a los paliativos queda nuevamente relegada a una regulación dependiente de las comunidades autónomas. En el ámbito especializado de los cuidados paliativos, la reivindicación actual se centra, por un lado, en una regulación legal clara y, por otro, en la necesidad de una formación sólida. Se reclama que los paliativos tengan presencia en las universidades como una especialidad con mayor peso, no solo a través de posgrados o másteres. Sin una homogeneización estatal sobre cómo se ofrecen y se aplican los cuidados paliativos, las diferencias territoriales persisten. Creo que ahora mismo el foco está precisamente ahí: en la necesidad de una regulación común y de una formación más amplia que permita que los cuidados paliativos se desarrollen de forma más equitativa y democrática.
P: La pieza nace de una vivencia cercana, ¿qué papel juega tanto en general en vuestra trayectoria en La Dramática, como en concreto en esta obra?, ¿qué papel juega esa experiencia tan íntima a nivel de construir el relato en general?
Ane Pikaza: Creo que, desde el lugar en el que se crea La Dramática (siempre a partir de textos escritos por María), ha existido un pulso constante, una generación de ideas nacida de la libertad y de una forma muy particular de mirar el mundo. Esa mirada se ha ido definiendo a lo largo del recorrido de la compañía. En este caso, ella tuvo la oportunidad de participar en las Residencias Dramáticas del Centro Dramático Nacional en 2021, donde debía desarrollar una idea. Ese proceso coincidió con la enfermedad de mi tío, que funcionó como punto de partida. A lo largo de todo el proceso, tanto de escritura como de puesta en escena, ambas hemos vivido situaciones de enfermedad alrededor, y el texto se convierte también en un canto al acompañamiento: a qué ocurre cuando la enfermedad irrumpe en una familia, cómo esa constelación familiar se transforma, cómo cada persona ocupa un lugar, a veces deseando estar en otro, y cómo todo eso nos atraviesa.
Al igual que sucedió con Yerma o con Altsasu, las preguntas que nos generaban esas experiencias se convirtieron en motor creativo. De alguna manera, esta obra vuelve a ser nuestra forma de entender el mundo y de interrogarnos sobre lo que sucede a nuestro alrededor.
M: En La Dramática trabajamos siempre de lo particular a lo universal. Partimos de aquello que tenemos más cerca, de lo que nos interesa, nos inquieta o nos interpela, y desde ahí buscamos que ese impulso inicial llegue al escenario con una mirada más amplia, capaz de abrir preguntas mayores. Por eso, experiencias como la que vivió Anne con su tío, o las que ambas hemos tenido cerca de la muerte, marcan inevitablemente el rumbo de nuestros espectáculos. Pero, sobre todo, nos interesa el debate y la reflexión que estos temas generan. En Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán se respira constantemente esa conversación sobre el buen morir y el duelo, y sobre cómo, desde nuestra sociedad occidental contemporánea, vivimos o evitamos vivir aquello que llamamos muerte. No hablamos de ella, la desplazamos, la ocultamos. Y, sin embargo, para nosotras hablar del buen morir es, sobre todo, hablar de cómo queremos vivir, desde una conciencia real de nuestra finitud. Nos parece fundamental abrir este debate: preguntarnos qué ocurre con la muerte en Occidente, por qué la hemos medicalizado y tecnificado, por qué intentamos alargar la vida a toda costa, por qué seguimos atrapados en la fantasía del culto a la juventud y al éxito. La muerte es ineludible; todas las personas vamos a atravesarla. Y quizá por eso necesitamos mirarla de frente para entender mejor cómo habitamos la vida.
P: ¿Por qué es importante para vosotras nombrar directamente palabras como “muerte”, “buen morir” o “duelo”, en lugar de recurrir a eufemismos o formas de ocultarlas cuando hablamos de enfermedad y del final de la vida?
A: En realidad, todas las personas estamos muriendo desde el mismo momento en que nacemos; forma parte de la condición humana. Siguiendo la idea que comentaba María, es cierto que aún no hemos encontrado una manera de naturalizar esa realidad. Hablar de los cuidados paliativos implica también asumir una responsabilidad individual y colectiva, porque podemos y debemos tomar decisiones para no dejar en manos de otros cómo queremos transitar nuestro final.
En relación con lo que mencionaba María sobre las competencias repartidas entre autonomías, en el País Vasco, por ejemplo, se está dando un impulso importante al testamento vital o documento de últimas voluntades, y cada vez más personas lo están formalizando. Porque no se trata solo de morir, sino de cómo queremos morir. Y aunque contamos con profesionales sanitarios profundamente respetuosos, cada una de nosotras tiene la posibilidad y la responsabilidad de decidir. Cuando la enfermedad irrumpe en un hogar, es muy difícil dejar en manos de quienes nos quieren decisiones tan importantes sobre nuestro final.
M: También creo que existe una paradoja evidente: la muerte está presente casi todo el tiempo en las series, en las noticias, en los videojuegos, en las películas, en todas las pantallas, pero aparece sin profundidad, sin un sentido simbólico que nos ayude realmente a comprenderla. En el mundo occidental evitamos pensar en la muerte; la escondemos en instituciones, la reducimos a rituales ligados a la religión más que a la espiritualidad y aceleramos los duelos porque tememos envejecer y nos cuesta elaborar el dolor. Vivimos obsesionados con la juventud, rechazamos el sufrimiento y la soledad, y eso nos impide mirar la muerte de frente. Creo que necesitamos reconciliarnos con la muerte, o al menos construir una nueva relación con ella para volver a integrarla en la vida, porque es parte de la vida: un hito inevitable que llega al final y que deberíamos poder vivir con el mayor respeto, la mayor dignidad y el mayor sentido humano posible. Se trata, en el fondo, de darle un sentido consciente.
P: ¿Qué tiene de diferente este espectáculo respecto a otras producciones que habéis hecho?
M: Es cierto que, dentro de todos los espectáculos de La Dramática, este es el que tiene más luz, incluso momentos de comedia, algo que no podríamos decir del resto. Quizá precisamente porque aborda un tema tan duro, pero a la vez tan vivo, aparecen momentos catárticos y de ensoñación que nos permiten asomarnos a otro nivel de vida, a ese camino o transición hacia otro lugar, siempre desde un espacio luminoso. Además, el humor es fundamental. Se suele decir que morimos como hemos vivido; por eso, en la medida en que podamos vivir mejor con la conciencia de que vamos a morir, desarrollamos una mirada más amplia sobre nuestra propia finitud y sobre la belleza que contiene la vida. El humor atraviesa todo esto, incluso más allá de la muerte, que también genera situaciones cómicas, contradictorias y paradójicas. Muchos de los rituales que la rodean pertenecen a contextos que hoy sentimos desfasados, y quizá por eso necesitamos reencontrarnos con otros ritos que nos ayuden a transitar este paso con más serenidad y alegría. En otras culturas ya sucede.Creo que debemos celebrar ese tránsito, entender que llega un momento en el que nuestras almas, o como queramos llamarlo, deben soltar el ego, desprenderse del apego al control y aceptar la impermanencia. Y vivirla con la mayor alegría posible.
“Debemos celebrar ese tránsito, entender que llega un momento en el que nuestras almas, o como queramos llamarlo, deben soltar el ego, desprenderse del apego al control y aceptar la impermanencia”, María Goiricelaya
P: ¿Podéis explicar cuáles son los elementos escenográficos y visuales de la obra la luz, la luminosidad y los recursos con los que trabajáis en escena para que el público pueda hacerse una idea de cómo es el espectáculo a nivel visual?
A: La pieza tiene una doble dramaturgia, un aspecto fundamental en su concepción. Por un lado, el texto; por otro, una dramaturgia visual muy desarrollada. Nosotras pasamos trece días rodando en el Camino de Santiago, que es el eje simbólico del espectáculo y la gran metáfora de vida que atraviesa toda la historia. De ese viaje surgieron imágenes grabadas con una mirada casi documental, siguiendo a un pequeño equipo de peregrinos que recorren algunos de los lugares más emblemáticos del Camino Francés.
La escenografía está pensada para acoger y proyectar ese material visual a través de dos pantallas, de manera sencilla y limpia. Más allá de eso, el espacio se compone de una mesa, unas sillas, las pantallas y una cinta de correr. Sobre esa cinta siempre hay alguien caminando: los peregrinos se transforman en ese Camino que nunca se detiene. Desde el inicio hasta el final del espectáculo, esa figura en movimiento funciona como un gesto simbólico que nos recuerda el camino que todas las personas recorremos en la vida, un camino del que, de algún modo, nunca nos bajamos.

P: ¿Buscáis también ofrecer una mirada más positiva sobre la muerte un enfoque menos negativo y más luminoso para transformar las resonancias que este tema suele generar en los espectadores?
A: No sé si hablaría exactamente de “positivizar” la muerte, pero sí de acompañar. Durante las funciones, siempre hay alguien que se acerca al final para compartir su historia, porque todas las personas atravesamos procesos similares. A veces viene público muy herido, que ha vivido situaciones prácticamente idénticas a las que aparecen en la obra, algo paradójico, porque la dramaturgia que ha construido María no es lo que la gente suele esperar, y aun así encuentran comprensión. Recuerdo, por ejemplo, a una madre que me abrazó diciendo “he entendido muchas cosas”.
Cuando estás en un momento así, todo te habla de ti: las canciones, las conversaciones, lo que ves alrededor. Y, en este caso, el público se encuentra con una obra que aborda temas que ya le rondan, porque la muerte nos acompaña a todas, de forma más cercana o más lejana, y sabemos que tarde o temprano tendremos que atravesarla. No se trata de blanquear la muerte: está ahí, el dolor está ahí, y la obra habla del duelo. Pero no solo del duelo de los personajes principales, sino del duelo de distintos peregrinos, cada uno con su propio proceso y sus propias pérdidas.
M: Creo que se trata más de aceptación que de mirar la muerte de manera positiva o de intentar blanquearla. No se trata de decir “no pasa nada”, porque sí pasa, y mucho. Pero en nuestra función y en nuestra forma de estar en el mundo esa ha sido la pregunta central: cómo vivir sabiendo que vamos a morir.
“Hablar de la muerte no acorta la vida: la ensancha“, María Goiricelaya
P: ¿Influye de alguna manera cómo vemos la vida en función de que estemos en una etapa vital y otra?
M: Hay algo muy particular que tiene que ver con la edad y con las generaciones más jóvenes. Cuando yo tenía 21 años, la muerte no existía. Éramos inmortales: yo era inmortal, mis padres eran inmortales. Era impensable que algo pudiera sucederles. La juventud trae esa sensación de invulnerabilidad, y no te paras a pensar en la muerte hasta que llegas a los treinta o los cuarenta. Aún tengo amigas que viven en una negación absoluta. Yo misma, hace no tanto, fantaseaba con que alguien vendría a decirme que la muerte era mentira, que nadie se muere, que todo era una broma y que las personas queridas estaban escondidas en otra ciudad, en un mundo mágico.
Coincido con lo que dice Anne: morir bien es fruto de una vida reflexiva, de haber desarrollado una conciencia real de nuestra finitud, que es lo que nos hace más humanos. Para mí, hablar de la muerte no acorta la vida: la ensancha. Y creo que las generaciones jóvenes, que viven bajo el yugo de la inmortalidad simbólica, la idea de no envejecer nunca, de estar siempre arriba, siempre vivas, siempre exitosas, necesitan revisar qué entendemos por éxito.
P: ¿Y qué es para ti este éxito?
M: Es necesario volver a la espiritualidad, porque lo material ya no sostiene. Hemos descubierto que no queremos setenta coches, ni setenta casas, ni viajar sin parar. Todo eso está bien hasta cierto punto, pero llega un momento en el que te preguntas: “¿Y ahora qué?”. Incluso personas que vemos en redes, en la cresta de la ola, con dinero, viajes y vidas aparentemente perfectas, están profundamente tristes porque no han encontrado su propósito. Encontrar el propósito también implica imaginar tu muerte y preguntarte qué quieres dejar. Cuando yo me vaya, ¿qué quiero que se piense de La Dramática Errante? ¿Para qué ha existido esta compañía? Ese es el verdadero legado, la única luz que podemos dejar.
Lo material es necesario, hay que pagar facturas, pero tiene un límite. Nada material nos hará felices de verdad. El dinero solo compra tranquilidad, no plenitud. Y creo que debemos aspirar a eso: a vivir en plenitud, sabiendo que hay un hito crucial que llegará, que es la muerte, y que también queremos vivirla con plenitud.
P: Por último, a raíz precisamente de eso, ¿cuál es el fin de La Dramática Errante? ¿Qué es aquello que queréis dejar como legado?
A: No sé si hablaría de un “fin” como tal, pero sí de unos cimientos muy claros: el cuidado, la idea de vivir a través del arte, de las artes escénicas, del teatro y de la cultura; y la voluntad de crear una pequeña familia que nos acompaña en cada paso, junto a un público al que abrazamos en cada función. Es nuestra forma de estar en el mundo ahora mismo. Supongo que lo que quedará serán reflexiones, momentos inolvidables para algunas personas, quizá olvidables para otras, pero lo importante es haber tocado y compartido con la comunidad, haber generado un pequeño espacio común que nos recuerde que no estamos solos. De alguna manera, intentamos compartir con quienes nos rodean nuestra forma de ver el mundo.
M: También diría que La Dramática Errante es una compañía que siempre ha buscado nuevas formas de crear. Una compañía feminista, liderada por dos mujeres que han decidido anteponer el impacto social al rendimiento artístico sin descuidarlo, porque aspiramos a altos estándares de calidad, pero estamos convencidas de que el teatro puede ser transformador y ayudar a que este mundo, en un tiempo tan oscuro como el que vivimos, sea un poco mejor.














