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Temporada 07/08 Compañía
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La paz perpetua |
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De Juan Mayorga | Dirección: José Luis Gómez
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Producción Centro Dramático Nacional en colaboración con Teatro de La Abadía
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De Juan Mayorga se viene hablando con creciente intensidad y frecuencia. Lo merece. El Premio Nacional de Literatura Dramática, recién otorgado, es la culminación provisional de un esfuerzo largo, empeñado en lanzar una mirada fresca –pero no ingenua–, limpia y compasiva sobre el mundo en el que le ha tocado vivir y sobre los seres humanos con los que comparte tiempo y existencia.
La paz perpetua, su última obra, metáfora intensa en torno a la amenaza, cercana y global, a la vez, del terrorismo es prueba contundente de su madura capacidad. La obra fascina, divierte y conmueve en la lectura; en su puesta en escena deja a la luz un rico yacimiento de vetas temáticas, incógnitas formales, preguntas inquietantes y problemas interpretativos. No son los menores la encarnación de esos cuatro perros que portan la trama y el enunciado de problemas filosóficos básicos en un escenario.
La anécdota central: tres perros, un pastor alemán, un cruce de boxer y dogo y un rottweiler se presentan, para ingresar en un cuerpo de élite antiterrorista, el K-7, a pruebas secretas conducidas por un cuarto perro, labrador mutilado y su ambiguo ayudante humano.
A partir de ese núcleo el autor expande la obra, por capas, amplificando resonancias, hacia un vasto espectro de temas que afectan poderosamente a todos los ciudadanos: desde la percepción del fenómeno terrorista que, de modo inasible, ha introducido angustia latente en nuestras conciencias con la que convivimos a diario; hasta la respuesta que los gobiernos han dado, están dando o tratan de dar, a esa amenaza en acecho constante; y cómo, en esas circunstancias, los seres humanos vivimos movidos por el logro personal, el amor, el miedo, el odio, la solidaridad, la conformidad con el sistema que hemos elegido –sin poder prever sus posibles derivas–, la amistad, la decencia, la compasión o el anhelo de Dios.
Con frecuencia me reprocho la obviedad de desglosar, desde la creación escénica, aquello que el espectador está a punto de presenciar. Pero quizá pueda enriquecer su mirada el conocimiento de algunos detalles del proceso que ha dado como resultado lo que va a ver.
Pese a haber optado por afinar con los medios de la escena –luz, sonido o escenografía– el mundo de la obra que nos ocupa, pienso que la esencia del trabajo teatral, lo único en verdad relevante, anida en el trabajo con y de los actores, sobre y a través de un texto poético, desarrollado en un tiempo y un espacio precisos.
De ahí que la labor sobre las palabras de Mayorga, sus situaciones y la fisicidad que inevitablemente desprenden, sean el alma de nuestra Paz perpetua.
Ante los perros de ficción de Mayorga –poderosa analogía de voluntarios a cuerpos de seguridad militarizados, pero, en el fondo, verdadera “gente de la calle”–, opté por desarrollar otros entes de ficción a dos patas a los que, para uso de ensayos, quise llamar “canes bípedos”. Y ahí están.
No encontré mejor recurso con el que dar respuesta a la imaginativa ecuación que el autor arroja alegremente entre las manos del director de escena y al que reta, además, a hacer posible la convivencia entre el humor, el dolor y la congoja. La lealtad a su escritura nos ha obligado a intentarlo.
Por último, esta obra sólo plantea preguntas esenciales y nos estimula a que busquemos nosotros mismos las respuestas.
La naturaleza de unas y otras no nos ha dejado otra opción que la de cerrar el espectáculo con una invocación a la piedad.
Jose Luis Gómez
Agradecimientos:
Al empeño y deslumbrante trabajo de los cinco actores de La paz perpetua.
A Gerardo Vera por encargar y programar esta obra.
A Juan Mayorga por escribirla.
A Isabel Navarro por ser constante estímulo en la sombra.
Al Teatro de La Abadía por su ayuda y ser vivero de actores.
A mi equipo de dirección y a Mar Navarro, Vicente Fuentes y Carlos Alonso.
Al equipo técnico del Teatro María Guerrero por su generosidad y pericia.
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