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Harriet fue un ejemplar hembra de tortuga
gigante que Charles Darwin transportó en el “Beagle” desde
el archipiélago de las Galápagos hasta
el puerto inglés de Falmouth. Por lo visto, disfrutó de
una vida bastante tranquila, pero yo la imaginé escapando
del jardín de Darwin, arrastrándose hasta
la agitada Londres y luego cruzando el Canal de la Mancha
para, en el continente, proseguir un viaje que duraría
hasta hoy. Imaginé a una tortuga de casi doscientos
años que ha sobrevivido a once papas y a treinta
y cinco presidentes norteamericanos, a dos guerras mundiales,
a la Revolución de Octubre y a la Perestroika.
Un animal que, habiendo tenido que adaptarse una y otra
vez a las más diversas circunstancias, ha evolucionado
hasta ser casi una persona, o hasta ser algo más
que una persona. Un testigo extraordinario que ha visto
la Historia desde abajo, a ras de tierra.
Cuando Ernesto Caballero -a quien admiro desde
que soy espectador de teatro- me propuso escribir una
obra que él dirigiría, inmediatamente
le hablé de Harriet. Siento mucha gratitud hacia él
y hacia estos magníficos actores por el talento
con que han puesto en pie la extravagante historia
de una señora que, además de concha,
lleva encima dos siglos de Europa. La historia de Harriet,
nuestra abuela de las Galápagos.
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